El mural de Fernando Llort

Empiezo el año laboral despertando algunos artículos dormidos en mi Reader durante estas vacaciones. Entre ellos, uno de la siempre inspiradora Tíscar, “Volver cuando nunca te has ido”. Mi agenda no da para tanto como la de esta ocupada mujer, pero he estado absorta en Bollywood y he dejado abandonado mi blog casi dos meses.

¿Sobre qué escribo hoy? Nada que ver con los temas de esta bitácora. Una noticia que me ha dejado consternada a la vuelta a El Salvador: la demolición de los mosaicos de la catedral de San Salvador del artista plástico Fernando Llort (San Salvador, 1947). Una se siente igual  que cuando destruyeron los budas de Bamiyan o se quemó el Liceo de Barcelona, una desgracia cultural.

Véase: Génesis y apocalipsis de un mosaico

El mosaico de Llort, unos tres mil azulejos de cerámica, adornaban la catedral desde 1997 y marcaban su estilo distintivo: latino, salvadoreño, colorido.

Llort es un artista que además de arte y arquitectura estudió teología. Los símbolos religiosos (la iglesia, la paloma, el ojo divino, la cruz…) se mezclan con otras imágenes terrenales, sobre todo de la vida rural (los campesinos, la cosecha, animales, pájaros, flores, casas de adobe, etc.). Pinta, esculpe y dibuja pueblos llenos de vida humana y espiritual. Todo con su sello personal, simple y naíf: figuras bidimensionales con trazo infantil y colores primarios.

En San Salvador tiene la galería “El árbol de Dios” donde vende su obra artística y artesanías. Llort también ha hecho obra social-cultural, fundó un taller llamado “La Semilla de Dios” donde la gente de La Palma, un pueblo en las montañas a pocos kilómetros de la frontera de Honduras, tuvo la oportunidad de aprender a trabajar la madera de pino y la pintura en los años 70. Hoy La Palma es una ciudad artesanal y turística.

Es quizás el artista salvadoreño más conocido internacionalmente. Decoró el templo donde descansa el salvadoreño más querido, Monseñor Romero. También, junto con otros artistas del país, la capilla de la Universidad Centroamericana donde reposan los seis jesuitas asesinados durante la guerra civil. Llort representa, quizás sin él quererlo, a una iglesia progresista, cercana y viva como sus pinturas, otra Iglesia.

El artista ha aceptado con tristeza y resignación las disculpas del arzobispo, que éxplicó, nada convincente, que la demolición se llevó a cabo porque estaba deteriorado y constituía un peligro para los visitantes. No se planteó una posible restauración o traslado de la obra. Tampoco se consultó en ningún momento al artista, a la Secretaría de Cultura o al pueblo salvadoreño esta decisión. Todavía no han aclarado con qué van a reemplazar el masaico.

Leo detenidamente los comentarios a las noticias en la prensa salvadoreña. Aunque hay quien propone sin mucho juicio y en pleno siglo XXI “algo gótico o barroco al estilo de las grandes catedrales europeas” y defiende a capa y espada la acción unilateral del arzobispo argumentando que la obra no era propia de una catedral, la mayoría de salvadoreños denuncia la falta de tacto, el abuso de poder e ignorancia y lamenta profundamente esta pérdida irreparable: “Llort dijo que la fachada de nuestra catedral metropolitana era su obra más importante. No lo es. Su obra más importante es haber creado una artesanía que nos identifica como nación. Su obra más importante es haber renovado la iconografía cristiana obteniendo una generalizada aceptación popular” (Ricardo Lindo, El Faro).

Lo más significativo aún es el hecho de que este mural representaba un símbolo de los acuerdos de paz y que ha sido destruido justo cuando estamos dos semanas de conmemorar el vigésimo aniversario de estos acuerdos. Esta imagen de los mosaicos hechos pedazos sobre las gradas de catedral evoca otra todavía más terrible, una imagen que quienes vivimos la guerra en este país llevamos presente: la imagen de una muchedumbre hecha pedazos en estas mismas graderías de catedral. Y con estas dos imágenes enfrentamos la conmemoración del vigésimo aniversario de los acuerdos de paz” -según Beatriz Cortez (Contrapunto).

Este es un país tan religioso como variopinto, aquí convive la iglesia de la teología de la liberación y las comunidades de base con la iglesia del Opus y los legionarios de Cristo, y cada vez hay más testigos de Jehová, mormones, adventistas, pentescostales, seguidores del hermano Toby… El mosaico de la catedral quizás era un símbolo al que todos se habían acostumbrado a ver, que formaba parte de un entorno y una plaza, como los vendedores de pupusas, tamales, minutas o camisetas de la La Selecta, un icono de la ciudad y de la paz.

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5 thoughts on “El mural de Fernando Llort

  1. Es tan incomprensible, que ya estoy empezando a creer que fue un error, sólo un error, de difícil reparación eso sí. Pero no puedo imaginar a las autoridades de la Catedral diciendo “lo tiramos, qué nos importa”. Qué alegre que has vuelto a postear.

    1. Hola Mildred. Ya me leí tu profundo análisis. (http://milyuntropicos.wordpress.com/2012/01/03/la-armonia-de-mi-pueblo-hecha-anicos/), me gusta eso de “ya era cuerpo y sangre con el edifico de la Catedral y cuyo simbolismo había permeado en el imaginario y la narración colectiva de este pueblo y de todas las personas que visitaron Catedral -fenómeno que muy pocas obras de arte consiguen provocar”. Una pena, pena de lástima y pena de vergüenza, y como tú bien dices quizás sólo se deba a un error. Quiero creer que se trata de una decisión tomada sin pensar las consecuencias, seguramente en el acto y sin premeditar. No sé.

  2. Me da mucha pena este desastre que nos cuentas. Estuve en El Salvador en 2005 (http://tiscar.com/2005/10/02/erupcion-del-ilamatepec/) una vida difícil, un país duro y una gente con mucha huella. Hicimos un taller sobre blogs en la universidad dentro de un programa de comunicación para el desarrollo (http://tiscar.com/2005/09/23/taller-en-el-salvador/). Fue realmente emocionante ver cómo aquellos salvadoreños apreciaban el poder de una tecnología accesible que les permitía tener voz propia y global. Todo cuesta tanto, que tan poco es mucho….

    Pd. Me alegro de saludarte y te agradezco la mención 🙂

  3. ¡Qué estupidez y prepotencia para hacer algo así! ¡Que detengan al que lo ha permitido! ¡Cuánto cafre suelto! ¡Una penita!

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