Chat, hojas del paraíso (o del infierno)

La primera vez que oí hablar del chat (también llamado kat, qat ghat) fue al llegar a Etiopía. Por todas partes hay mascadores de chat. Muchos taxistas lo mascan mientras trabajan y mucha gente lo consume en su tiempo libre, en compañía de amigos o socios, principalmente por la tarde. También hay que decir que muchos etíopes nunca lo han probado. Al lado de mi casa hay un pequeño colmado donde venden chat, ya conozco a los que cada día se sientan a compartir unas hojas al mismo tiempo que charlan y beben un refresco. Allí voy a comprar azúcar y siempre me saludan “Dehna nesh, faranji?” . De vez en cuando hay algún colgado que ha perdido la cuenta con las ramas y lleva los ojos rojos como faros.

El chat son las hojas de un arbusto frondoso (catha edulis), muy parecido al del té,  que es originario del Cuerno de África y la Península Arábiga. Dire Dawa y Harar son los mercados más importantes de compra-venta del chat, que es uno de los principales productos de exportación etíope (el precio del café baja y el del chat sube), especialmente a Sudán, Somalia, Yemen y otros países del Golfo Pérsico. Se transporta por avión porque debe consumirse fresco (la hoja empieza a secarse a los dos días de ser cortada). El chat contiene un alcaloide que tiene un efecto estimulante tipo anfetamina. En 1980 la Organización Mundial de la Salud la clasificó como una droga blanda que puede producir una dependencia psicológica leve (menos que el tabaco o el alcohol). En algunos países (Estados Unidos, Canadá, Alemania y Reino Unido) es una sustancia controlada, pero en Etiopía, Somalia, Yibuti y Yemen es totalmente legal.

Las hojas del chat se mascan y se almacenan en un lateral de la boca (normalmente el lado izquierdo). Cuando se mastican sueltan un liquido de sabor amargo (menos amargo que el mate). Algunos consumidores describen sus efectos como que te da un subidón, hablas mucho antes del bajón (que te aletarga), te quita el hambre, reduce el cansancio y aumenta el deseo sexual; otros describen el efecto contrario, que no hay subidón sino bajón total, te hace sentir un poco depresivo, estreñido y reduce el deseo sexual. En las ciudades y pueblos hay Casas de Chat (Chat Bet), un espacio con alfombras, colchonetas y cojines donde se reúnen amigos para mascarlo. En estos lugares también se hace la ceremonia del café y se ofrece agua y refrescos porque el chat da mucha sed. En los mercados de Dire Dawa y Harar hay varias carpas donde la gente lo toma recostada en un ambiente relajado, mientras habla con amigos y vecinos y come cacahuetes recién tostados. En las casa hararíes hay una plataforma de cemento alfombrada y con cojines donde las mujeres comparten chat con amigas mientras fuman la pipa de agua, que aquí llaman geie. También se toma en las mezquitas y muy especialmente en las tumbas de los santos sufíes con un propósito no solo lúdico sino también místico, para entrar en trance, igual que en otros lugares sufíes se hace con el canto o el baile devocionales, por ejemplo el qawwali en la India y Paquistán o los derviches en Turquía.

“El Tío Jami era tan rico que sus esposas vendían el qat al por mayor a intermediarios que a su vez empleaban a chicas que lo vendían a los clientes a lo largo del día. Las mujeres que eran menos pudientes se sentaban sobre sus faldas y vendían el qat directamente de sus bolsas. Se lo vendían al hombre de mirada perdida que prefería las hojas verdes a la comida y que esperaba nervioso en el mercado desde primera hora de la mañana; al mercader que, como cada mercader en esta ciudad, compraba una generosa cantidad después de almorzar para mascarlo durante toda la tarde en su trastienda; a la mujer de mediana edad que mascaba por las tardes las hojas de unas pocas ramas con sus amigas mientras tejían cestos o seleccionaban granos; al anciano piadoso que se había quedado sin dientes y tenía que moler su qat con un mortero, añadiendo azúcar y agua para formar una pasta espesa y a cualquiera que iba a visitar el santuario, jóvenes y viejos, porque era una parte esencial de cualquier ofrenda e una ciudad de santos” (Camila Gibb, Sweetness in the belly, 2005, pág. 156).

Mercado de Chattara, Dire Dawa. Foto: eaTropía
Mercado de Chattara, Dire Dawa. Foto: eaTropía
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