Harar, ciudad amurallada de Etiopía

A Harar,  ciudad fortificada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se llega desde Dire Dawa (55 km.) por una carretera llena de curvas donde te cruzas con montones de burros y alguna que otra caravana de camellos y no dejas de divisar un hermoso paisaje sobre la pendiente del valle del Rift, con muchas casas de adobe y alguna de piedra, techadas con uralita. Pasas por los lagos Adele y Alemaya y contemplas las fértiles tierras donde se cultiva uno de los mejores granos de café del mundo, el harar, y donde, según el explorador Richard F. Burton, el primer europeo que estuvo por aquí, empezó a cultivarse por primera vez el chat, allá por el siglo XV.

Los restos de las pinturas rupestres en las cuevas de Lega Oda, muy cerca de Harar, constatan que esta zona ha estado habitada desde hace unos veinte mil años. Harar floreció en el siglo XVI en tiempos del emir Abu Baker Mohamed, que trasladó su capital desde Dakar y gobernó desde aquí toda la zona (este de Etiopía, sur de Eritrea, Yibuti y oeste de Somalia actuales). Harar se convirtió al islam en tiempos del profeta Mohammed y todavía hoy es considerada una ciudad sagrada, según los guías locales la cuarta después de La Meca, Medina y Jerusalén (aunque lo mismo dicen en Damasco).

El líder fanático Ahmed Ibn Ibrahim, apodado “El Zurdo” (Al Grañ), mandó asesinar al emir Abu Baker Mohamed e hizo de Harar su base para lanzar la guerra santa contra el imperio cristiano. Una época hostil donde se quemaron iglesias, monasterios y bibliotecas y muchos cristianos fueron forzados a convertirse al islam. El emperador Lebna Dengel (1508 – 1540) y su hijo Galawdewos (1540 – 1559) pidieron ayuda a los portugueses que mandaron un ejército liderado por Cristóbal de Gama, el hijo de Vasco de Gama. Al Grañ fue asesinado y su sucesor, Nur Ibn Al-Wazir Mujahid,  amuralló la ciudad (1560) para protegerse de la invasión de los cristianos del norte, los oromo y otros pueblos.  Harar estableció su propia dinastía, fue ocupada por Egipto desde 1875 a 1884 y volvió a ser un emirato independiente con el emir Abdulahí. En 1887 Menelik II convirtió Harar en parte de la corona etíope. Hoy cristianos y musulmanes (75 % de la población) conviven en paz.

Harar está lejos del mar pero tiene un aire de las ciudades costeras, como Stone Town en Zanzíbar o Mombasa en Kenia. Por las calles de Harar paseaba Corto Maltés, el marinero de Pratt, cuando Etiopía era todavía Abisinia y se la disputaban turcos, ingleses, italianos y alemanes,  durante la I Guerra Mundial.  En las ilustraciones de Las etiópicas aparece también el escritor francés Rimbaud, que en su estancia en Harar no fue muy feliz. Entonces no escribía poemas, solo algunas cartas desgarradoras (1880 – 1891), hacía fotografías y vendía armas, negociaba, e incluso, traficaba con personas.

La ciudad fuera de la muralla no tiene nada de especial, las calles son anchas y tienen edificios “de cristal” que tanto gustan a los etíopes modernos. La avenida principal te lleva a la plaza Feres Magala donde se encuentra la iglesia ortodoxa Medhane Alem (Salvador del Mundo), construida en tiempos del emperador Menelik en el lugar que ocupaba la antigua mezquita de los egipcios. La ciudad de intramuros es un laberinto de callejuelas empedradas con casas pintadas de los más llamativos colores, 99 mezquitas (dos de ellas levantadas en el siglo X) y cientos de minaretes y santuarios. A ella se accede por seis puertas (bari en lengua harari), cinco originales del siglo XVI (Showa o Asmatim Beri, donde se ubica el mercado cristiano; Buda o Bedri Bari, que da entrada al barrio de los herreros y significa “mal de ojo” en oromiña; Sanga o Sukutat Beri; Erer o Argu Beri, donde se ubica el mercado del chat de los oromo y por donde entraban los comerciantes de la región etíope de Argobb, y Fallana o Assum Beri, donde llegaban los mercaderes del Golfo de Adén a vender asu, pimientos sazonados) y Harar Beri, que abrió Ras Makonnen, el padre de Tafari Makonnen (Haile Salassie I), que fue el primer gobernador de la ciudad. Por ellas entraban las caravanas venidas de todas partes trayendo oro, marfil, tabaco, mijo, café, azafrán, miel y otros productos para vender así como esclavos.

Las tumbas de los santos sufíes son, en mi opinión, los edificios más bellos, precisamente por su sencillez, entre las más de cien tumbas destacan la del emir Nur, que tiene una preciosa cúpula pintada de color verde turquesa y un espacio para compartir el chat; la de Said Ali Hamdogn, un santo sufí del siglo XII y la del jeque Abadir, uno de los predicadores del islam más importantes de la región. Estos santuarios reciben visitantes de todas partes buscando soluciones para sus problemas y enfermedades. Traen alfombras y madera de sándalo como regalos. Las tumbas son centros de peregrinaje para aquellos que no pueden pagar un viaje a La Meca. Así llegaron Lili, la protagonista de la novela Sweetness in the belli de Camilla Gibb, y su compañero Hussein desde Marruecos.

Las dos casas más llamativas de la ciudad son la de Ras Tafari, donde el emperador pasó su luna de miel, ahora convertida en museo, y la que dicen que vivió Rimbaud, construida por un mercader indio, con tres plantas, las dos superiores con suelo de madera, y una fachada con amplias ventanas con vidrieras de colores.

La noche cae en Harar después de la última llamada a la oración, es la hora de las hienas. Al amanecer, cuando el sol aparece por el este en las aguas del Mar Rojo de Arabia, ellas regresan a sus cuevas. Dicen que en Harar hay un pacto entre hombres y hienas desde hace más de un siglo, ellos las alimentan y ellas nos los atacan. Los hararis las invitan a pasar a su ciudad, de hecho construyeron puertas para ellas. Hoy es un espectáculo para los turistas verlas alimentar. Insh’Alha

Hombre y hiena, Harar. Foto: eaTropía
Hombre y hiena, Harar. Foto: eaTropía
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