De turismo en Yibuti

Aprovechando unos días de vacaciones (el jueves 24 fue Eid al Adha  y el lunes 28 Meskel) hemos estado en Yibuti para visitar a unos amigos. Lo primero que te llama la atención nada más bajar del avión es el calor sofocante, todavía muy fuerte en esta época del año, y la fuerte presencia militar (hay más de 7.000 soldados extranjeros). Yibuti no es un país turístico, aunque tiene paisajes únicos y un fondo marino excepcional.

Yibuti fue parte del reino de Axum (siglo I – IV). Los comerciantes árabes introdujeron el islam a principios del siglo IX. En el siglo XIX, los franceses hicieron tratos con los sultanes afar de Obock y Tayura (Tadjoura) y se instalaron en la zona, creando la Somalia francesa (Côte française des Somalis). Después de la II Guerra Mundial, los somalíes issa se manifestaron a favor de la reunificación de Somalia, repartida entre británicos, franceses e italianos, pero los afar apoyaron a Francia y, tras un polémico referéndum, se creó el ‘Territorio francés de los Afars y de los Issas’ (1967). Diez años más tarde la República de Yibuti obtuvo la independencia. Hoy es un país que no llega al millón de habitantes, el 60% son somalíes issas, que viven especialmenteen el sur, y el 35% afars, ubicados en el norte, el resto árabes y europeos. Los dos grupos étnicos son musulmanes.

La capital es una ciudad portuaria que empezó a construirse en 1888. Todavía mantiene muchos de los edificios de la administración colonial. Alrededor de la plaza Ménélik hay unas cuantas casas encaladas y soportales estilo moruno y europeo con tiendas, cafeterías y zumerías. Muy cerca está la plaza Mahmoud Harbi (antes llamada Rimbaud) con la mezquita Hamoudi y su minarete lechado. Alrededor varios mercaditos (en Les Caisses hay puestos de artesanía africana y alguno con los típicos fiddima, tapices de paja tejidos por las mujeres afar) y calles comerciales donde también abundan los mabraz, establecimientos  para mascar qat. El chat, que llega diariamente desde Etiopía antes de mediodía, forma parte de la cultura de Yibuti. La mayoría de los hombres y un 10% de las mujeres están enganchados a esta droga blanda consumida mientras charlan con amigos.

Me encantan los carteles que pintan en las puertas de las tiendas anunciando lo que venden.

Pasamos por la catedral católica, la iglesia ortodoxa etíope, el palacio presidencial y la estación de tren que unía Yibuti con Dire Dawa y que tanto ha contribuído al desarrollo comercial del Cuerno de África.

El puerto es inmenso aunque solo se ven las grúas y los miles de contenedores de diferentes colores. El puerto pesquero es chiquito y hay una lonja donde compramos pescado para traernos a Adis: pez espada, caballa, mero, doradas…. Hay mucho ajetreo y trasiego de barcas y marineros. Muchos chinos comprando langostas gigantes y algunas mujeres francesas, esposas de los militares, esperando pacientemente a que les toque su turno.

En la misma ciudad hay un par de playas muy concurridas donde la gente va a bañarse, a comer, a rezar, a jugar al fútbol… Nos bañamos en la que queda al lado del lujoso hotel Kempinski, pero el agua está algo estancada por las escolleras y parece una sopa.

El día siguiente tomamos una barca para pasar unas horas en las islas Moucha y Maskali, a unos 20 minutos navegando de la capital. Un lugar donde puedes caminar entre manglares y bañarte en aguas cristalinas, playas de arena blanca de postal, como en Nungwi, Zanzíbar, pero  prácticamente vírgenes.

Impone, a la salida del puerto, ver los grandes buques portacontenedores, las grúas flotantes, remolques, fragatas de guerra con bandera americana, francesa, italiana… De repente una toma conciencia de lo pequeñita que es y del lugar donde se encuentra…

Por la noche, cena en el restaurante yemení Moukbasa National, un lugar con decoración un poco kitsch (paredes rosa palo con molduras de escayola color pastel y decoraciones de La Meca), pero muy auténtico y con un excelente pescado. Lo cocinan al horno de barro, similar al tandoor indio, y le ponen especias muy parecidas al machili tikka. Lo sirven con un pan que parece nan y dos salsas, una verde picante a base de chiles y otra roja, tipo gazpacho andaluz. Por un momento era como si estuviera en Orisa o en Calcuta (faltaba la Kingfisher ;)). De postre, una especie de crepe relleno de plátano y un pan tipo paratha india deshecha y mezclado también con plátano y dátiles machacados, ¡delicioso! 

Lo que más me ha gustado de Yibuti ha sido el viaje al golfo de Tayura o Tadjoura (4 horas en coche desde Yibuti). El paisaje es espectacular, una planicie desértica de origen volcánico que parece un paisaje lunar. En Tayura dormimos al raso en un campamento básico al lado del mar, lo lleva Hassan, un tipo muy simpático y parlanchín que también cocina pescado y alquila su lancha. El día siguiente nos pusimos las gafas y el tubo y unas camisetas para protegernos del sol y fuimos nadando y buceando por tres horas hasta la Playa de Arenas Blancas (Plage des Sebles Blancs, 7 km al este de Tadjoura), el mejor snorkel en años: corales, peces de todos los colores, rayas, tortugas y delfines, una preciosidad.

De camino a Yibuti nos tomamos un café en la terraza del hotel Le Golfe, al lado de otro hotel-restaurante, Le Corto Maltese, decorado con dibujos del cómic de Pratt. Y de ahí al Lac Assal, a 100 km. de la capital, la mayor atracción turística de Yibuti. Un lago a 155 metros bajo el nivel del mar, formado en el cráter de un volcán y rodeado por volcanes “durmientes”. El agua color azul turquesa alcanza en algunos lugares 60 metros de profundidad, aunque en la mayor parte no cubre más de medio metro. La sal ha sido extraída por los nómadas afar desde hace siglos y la transportaban hacia Etiopía en sus caravanas de camellos.

Habrá que volver para ver a les amis, dormir à la belle étoile, bucear con los tiburones ballena y volver a llenar la nevera de poisonJ’adore! Oh la la!

http://www.paquet.li/bd/catalogue/243-fierte-de-fer
“Fierté de Fer. Carnet de voyage sur le train Djibouto-éthiopien” Joël Alessandra et al.

 

 

Ngunwi, Zanzíbar, Tanzania

El archipiélago de Zanzíbar se compone de dos islas grandes, Unguja (o Zanzíbar) y Pemba, y numerosos islotes. Las islas principales están muy pobladas y cultivadas, especialmente de clavos y otras especias que han hecho que Zanzíbar se conozca como la Isla de las Especias. Además de visitar Stone Town, una ciudad monumental y bella, uno de los mayores atractivos de Zanzíbar es bucear en sus aguas, pues la diversidad de coral, peces y vida marina es una de las más ricas del Índico.

Nuestros hijos querían sacarse el permiso de buceo PADI (Open Water Diver) y a nosotros nos apetecía volver a bucear, así que pedí varios presupuestos y nos decantamos por la playa de Ngunwi, en la costa norte. Desde el primer momento me llamó la atención el centro de buceo Spanish Dancer Divers, quizás por el nombre, esa babosa marina de tan bellos colores que parece en el agua una bailarina de flamenco. Todo un acierto. Los instructores (Chris, Claudia, Mohammed…) y el personal del centro (Shee) son muy amables y profesionales y el ambiente es muy agradable. Allí nos dijeron que el dueño era un español que había salido en un programa de Españoles en el Mundo.

La verdad es que uno duda mucho si apuntar a sus hijos (12 y 10 años) a un curso de buceo, pues no deja de ser un deporte de riesgo, aunque sin apenas accidentes. Da cosilla cuando los  ves tan pequeños bajando a más de 10 metros, con una botella que abulta más que sus cuerpecitos, pero ellos lo han disfrutado muchísimo y estaban felices. Durante los cuatro días que dura el curso nunca pidieron conectarse a Internet, puro estudio y clases por la mañana, prácticas por la tarde y en los ratos libres, castillos en la arena, nadar en la playa, correr y saltar, apuntar en su nuevo librito los peces que habían visto… ¡cuánta energía!

La playa de Nungwi es espectacular, de arena blanca y agua azul turquesa, totalmente transparente. Cerca de la playa, solo con la careta y el tubo, ya puedes ver corales y peces de todos los colores. La puesta de sol es hermosa y darte un baño al atardecer cuando pasean los dhows, antiguos barcos de pesca árabe, una experiencia única.

Los sitios de buceo más interesantes están muy cerca de Nungwi, lejos de Stone Town y alrededor de la isla Mnemba (unos 40 min. en barco desde la playa). Las tortugas verdes y Hawsbill anidan en Unguja, puedes verlas cerca del faro de Ngunwi rodeadas de peces sargento rayados.

Las ballenas jorobadas y cachalotes pasan entre el continente y el archipiélago entre agosto y octubre; los tiburones ballena migran entre enero y marzo y regresan entre octubre y diciembre, (¡habrá que volver a verlos!).

Si no te gusta el submarinismo, Nungwi es un lugar ideal para descansar y disfrutar de la playa, el pequeño puerto pesquero cerca del faro, el fútbol y el vóley-playa por las tardes,  los masais vendiendo suvenires a los chao-chao (así llaman los isleños a los miles de italianos que aterrizan en los resorts de la isla), las mujeres echando las redes en la playa mientras cantan…

Además se come de cine. Desayunábamos todos los días un jugo de maracuyá y un gran plato de fruta en el hotel Ngunwi Inn, papayas, bananas y los mejores pomelos rosados (taronjas) que he probado en mi vida, nada amargos. A medio día curry de verduras o de pulpo. El arroz, las verduras y el coco abundan en la dieta de la isla. Todo cocinado con la gran variedad de especias que dan fama a la isla y un toque especial a la comida.  Por la noche, barbacoa de pescado en el chiringuito Baraka (calamares, atún pez espada, etc.). Los camareros, Alí y Juma, ya nos conocían y nos han tratado de maravilla.   ¡Y es que bucear da un hambre de lobo (marino)!

Es fácil ver en Zanzíbar delfines tornillón (Stenella longirostris) y nariz de botella (Tursiops truncatus), nosotros los vimos de camino a Mnemba y luego nos desplazamos a Kizimkazi, un pueblo de pescadores que te llevan a nadar con ellos. Ese día había mala mar y nos costó encontrarlos, pero es una experiencia emocionante y a los niños y a nosotros nos encantó. Vas en una pequeña barca con tu careta y tubo mar adentro y cuando el capitán los ve, te pide que saltes y ¡a nadar tras ellos!

De camino a Kizimkazi pasas por el bosque Jozani, área natural protegida, donde queda el mayor bosque de Zanzíbar y se pueden ver monos azules y colobos rojos, especie endémica de la isla de Unguja en peligro de extinción, se caracterizan por no tener pulgar (como todos los monos colobos), por tener un mechón de color rojo en la espalda y por no poder comer fruta ya que no la pueden digerir.

Estamos encantados con estas vacaciones y deseando volver.

Stone Town, Zanzíbar, Tanzania

Zanzíbar es uno de los lugares que más me apetecía visitar desde que llegamos a África y se lo recomiendo a todo el mundo. Aquí encuentras la típica playa de postal con aguas azul turquesas y arena blanca, pero hay mucho más. Hemos pasado unos días muy agradables en la playa de Ngunwi y otros en Stone Town, también conocida como Mji Mkongwe (“Ciudad Vieja” en swahili), que es la parte vieja de Zanzibar City, la ciudad principal de la isla de Zanzíbar, Patrimonio Nacional de la UNESCO, con más de dos mil edificios protegidos.

Puedes pasar días caminando en Stone Town y perderte entre las callejuelas estrechas, concurridas por motos y bicicletas tocando el timbre a toda hora y llenas de sorpresas, aunque seguramente no por mucho tiempo porque siempre acabas en el mar. A veces parece que estás en La Habana Vieja, en Eshawira o en Banda Aceh. En sus calles hay mezquitas y escuelas coránicas con niños y niñas recitando el Corán, gente reunida en los bancos de piedra (baraza) típicos de la arquitectura de la isla, caserones con grandes barandas (muchos convertidos en hoteles), cafeterías que huelen a especias, viviendas de estilo árabe con patios para combatir el calor húmedo tropical y de influencia india con balcones decorados, bazares, galerías de pinturas y artesanías y boutiques modernas con todo tipo de ropa y decoraciones. Muchos edificios tienen preciosas puertas de madera tallada con motivos geométricos o florales y frases del Corán.

La Casa de las Maravillas (Beit el-Ajaib, House of Wonders), llamada así porque era la única en toda la isla que tenía luz y agua, es uno de los edificios más imponentes. Fue construida en 1883 por el sultán Barghash como un palacio ceremonial, luego bombardeada por los británicos y restaurada por el sultán Hamoud a principios del siglo XX, que usó la planta de arriba como residencia. Hoy es un museo de la cultura swahili del siglo XIX, pero está cerrado al público por restauración. Nosotros nos colamos unos minutos y pudimos ver un enorme mtepe, el barco tradicional de madera, construido sin clavos, con fibras de coco y lanas. Al lado de la Casa de las Maravillas, se encuentra otro bonito edificio, Beit el-Sahel, residencia del Sultán hasta 1964, y se levanta el Antiguo Fuerte, construido en 1700 por los árabes omaníes para defenderse de los portugueses.

Los Jardines de Forodhani entre el Fuerte y el mar se llenan de puestos de comida (pinchos, jugos, brochetas de pescado y mariscos) y gente al atardecer, algunos vendedores ofrecen cestos de especias como suvenir, los hay especialmente pesados (¡hakuna matata!).

El Antiguo Dispensario es un icono de la arquitectura multicultural zanzibarí, construido a principios de siglo por un rico mercader indio y restaurado hace unos años por la Fundación Aga Khan, actualmente es el Centro Cultural de Stone Town. Recuerda a las casas de indianos construidas en la costa del Cantábrico.

La catedral anglicana fue la primera de África del este, construida sobre el antiguo mercado de esclavos. Se visitan las dos únicas celdas que se conservan bajo el hostal Santa Mónica, pegado a la catedral. Es un espacio frío y sobrecogedor donde no cuesta imaginarse a los esclavos hacinados antes de venderlos a los negreros. Cada año pasaban por aquí entre 40.000 y 50.000 personas traídas del continente. Un monumento conmemora su sufrimiento fuera de la catedral.

La Catedral de San José, católica, fue construida en 1898. Si no levantas la mirada casi no te das cuenta de su existencia, está encajonada entre calles donde abundan las galerías de arte con pinturas tinga tinga (estilo batik).

Hay muchas mezquitas en la ciudad, la más antigua es Msikiti wa Balnara, construida en 1831 y ampliada en 1841 y de nuevo en 1890. Tiene un sencillo minarete encalado de blanco con forma cónica.

El Mercado de Daranjani es el típico africano con un edificio semicerrado donde venden la carne y el pescado (sin hielo ni vitrinas asépticas) y un montón de puestos alrededor donde puedes comprar fruta, verdura, especias (para eso estás en la Isla de las Especias, que huele a vainilla, clavo, canela o cardamomo, según dicen todos los folletos turísticos), ropa y otros productos.

Al lado del Hotel Tembo, están los apartamentos donde nació Farrokh Bulsara, conocido por todos nosotros como Freddie Mercury, el cantante de Queen, el 5 de septiembre de 1946, cuando Zanzíbar era un protectorado británico. Sus padres, Bomi y Jer Bulsara, eran parsis de Gujarat, entonces parte de la provincia de Bombay en la India colonial. Su padre era un oficial del gobierno británico y fue trasladado a Zanzíbar. Cuando Mercury cumplió 7 años, sus padres lo enviaron a estudiar a un internado en Panchgani, cerca de Bombay, y allí empezó sus primeras clases de piano. Durante la Revolución de Zanzíbar, mataron a muchos árabes e indios y la familia de Mercury emigró a Inglaterra. Desde Bombay Mercury se reunió con su familia, estudió arte y diseño gráfico en una universidad londinense y entró a formar parte de varias bandas hasta que, en 1970, conoció al guitarrista Brian May y al batería Roger Taylor y juntos formaron Queen. Muchos zanzibaríes no conocen a Freddie Mercury o no están orgullosos de él, quizás porque era homosexual o se consideraba británico o era origen indio. A mí me hizo mucha ilusión dormir en su casa (ahora convertida en cómodo apartamento que pertenece al Hotel Tembo).

Un poco de historia de Zanzíbar

A pesar del modesto tamaño de la isla de Zanzíbar (87 km de largo y 37 en su parte más ancha) ha tenido una importancia considerable en la historia de África oriental. Su belleza y potencial han atraído a exploradores, comerciantes y conquistadores persas, árabes, indios y europeos desde hace unos dos mil años.

En la Antigüedad la visitaron egipcios, sumerios, fenicios, griegos y romanos, que navegaban por el Mar Rojo y bajaban a la costa africana buscando oro, ébano y otros productos animales.

Durante los siglos III y IV llegaron otros migrantes como los bantúes (Camerún actual) a la costa africana y se establecieron en ciudades como Kilwa, Lamu y Mombasa en el continente y Unguja Ukuu en la isla de Zanzíbar. Los nuevos habitantes comerciaban con los árabes exportando marfil, cuerno de rinoceronte, carey y aceite de palma e importando herramientas, armas, vino y trigo. Los árabes llevaban estos mismos productos hacia la India por mar, favorecidos por los vientos monzones que soplan entre marzo y septiembre, y se traían de vuelta telas, cuentas y porcelana de la China (vía India) entre noviembre y febrero.
Los mercaderes árabes llamaron a la isla Zanzíbar, que significa “tierra de gente negra” (zinj viene del persa zang que significa “negro” y barr es “tierra” en árabe).

Entre los siglos VII y IX muchos de los comerciantes árabes se establecieron en la isla y otras ciudades de la costa keniata, alguno de ellos fue quizás Simbad, el marino de Las mil y una noches.

Los descendientes de los bantúes desarrollaron una lengua y cultura conocida como swahili. Su lengua, kiswahili, de origen bantú, tiene muchas palabras árabes (el nombre de la lengua proviene de sahil, que quiere decir “de la costa”) y también del persa, como muchos términos náuticos. Es la lengua en la que decimos “hakuna matata”. Los swahili adoptaron muchas costumbres árabes, especialmente la religión.

Los marineros de Java y Sumatra también viajaron hacia la costa este africana entre los siglo VII y XIX e introdujeron los cocos y las bananas.

A mediados del siglo XV los portugueses mandaron exploradores (Bartolome Días y Pedro da Covilha en 1487 y Vasco de Gama en 1497) a la costa africana buscando una ruta marítima hacia el este así como el reino cristiano del legendario Preste Juan de Abisinia. Desde el nacimiento del imperio otomano en 1487 todos los productos orientales, incluidas las valiosas especias, llegaban a Portugal a través de comerciantes musulmanes, potencialmente hostiles. En 1505 los portugueses tomaron Mombasa y en 1506, Pemba para asegurarse el comercio.  En 1525 controlaban toda la costa Este africana desde Lamu (Kenia) a Sofala (Mozambique)En 1560 los portugueses construyeron una iglesia y un mercado en la península oeste de Unguja (ahora Stone Town) y varios fuertes para protegerse (Chake Chake en Pemba y Fort Jesus en Mombasa). Las construcciones no sirvieron de mucho y los omaníes se hicieron con el gobierno de la isla 1698. Desde entonces formó parte del reino omaní junto a la zona de costa que va desde Mogadiscio, en Somalia, hasta Cabo Delgado, en Mozambique, y todas las islas cercanas.

Zanzíbar era cada vez más próspera gracias al lucrativo comercio de esclavos (iniciado a finales del siglo XVIII por los franceses y portugueses y continuado por los árabes) y especias y en 1840 el sultán Said de Omán trasladó su corte de Muscat a Zanzíbar. Cuando murió el sultán, el reino se dividió entre sus hijos y quedaron separadas Omán y Zanzíbar.

En 1888, la presión de los ingleses acabó con el tráfico de esclavos en la isla. En el reparto de colonias africanas del este entre alemanes y británicos, Zanzíbar quedó como un protectorado británico (1890). Los exploradores europeos como Livingstone y Stanley empezaron sus expediciones al interior de África desde Zanzíbar.

En 1963 Zanzíbar obtuvo la independencia y pasó a formar parte de la Commonwealth. En 1964 el sultán y su gobierno fueron expulsados en una revolución apoyada por Dar es Salaam. En el mismo año Zanzíbar y el nuevo país independiente Tanganyka se unieron para formar la República Unida de Tanzania.

Zanzíbar tiene un estado semi autónomo en Tanzania, tiene su propio parlamento que es elegido cada 5 años. El presidente de Zanzíbar es también vicepresidente de Tanzania.

Hoy vive del turismo (medio millón en 2013), la pesca y la agricultura (especialmente la producción de clavo y coco).

Bibliografía: Chris & Susana McIntyre. Zanzibar. Pemba. Mafia.The Bradt Travel Guide. 2006

Una noche en el aeropuerto de Riad, Arabia Saudí

Leo en varios foros sobre el aeropuerto de Riad, Arabia Saudí. Algunos lo describen como el verdadero infierno. No sé cómo será en la época de las grandes peregrinaciones, pero en esta época del año es bastante tranquilo. Llegamos a las 8 de la noche y nuestro vuelo no sale hasta las 9 de la mañana. No es posible sacar un visado en el aeropuerto y no hay hotel. Lo más parecido a descansar es meterte en la habitación de rezo con las musulmanas o con los musulmanes y echarte en la alfombra a dormir. A mí me invita la compañera indonesia en la cola de seguridad, así que me cubro la cabeza y voy a echar un vistazo. En el aeropuerto no hay ningún saudí trabajando, todos son de Bangladesh, Paquistán, India, Indonesia y Filipinas. Estamos en nuestra salsa.
Después de mal dormir unas horas en un sillón de masaje que veo libre en la puerta 28 y escribir la entrada de Estambul para el blog, llega la hora de embarcar.
El avión va lleno, todos son etíopes excepto mi familia y cinco extranjeros más que trasladan a primera gratis (?). ¡Qué sarao! Mi compañera de fila se la pasa hablando (gritando) con su amiga cinco filas más atrás y pide a todo el que pasa que le cambien el asiento. Justo antes de despegar lo consigue. Por el asiento que deja libre pasan tres personas en cuestión de dos minutos. Cada uno de ellos lleva una gran bolsa de plástico con sus enseres que colocan en su regazo, no sé si conocen el compartimento para el equipaje de mano o es que ya está lleno. Antes de despegar pongo el cinturón a cuatro pasajeros, el de mi fila y tres del pasillo, que no saben cómo usarlo. Viajamos con 190 etíopes deportados, la mayoría es la primera vez que toma un avión. Ahora entiendo porque este billete era tan barato 🙂
Desde el 13 de noviembre más de 150.000 etíopes han sido deportados desde Riad. Hace un mes finalizó el periodo de amnistía de siete meses que el gobierno saudí había dejado para regularizar a los inmigrantes indocumentados. Se produjeron varias protestas entre los migrantes etíopes y la policía saudí y murieron tres etíopes. Human Rights Watch ha pedido al gobierno saudí que investigue esta violencia desmesurada y ha denunciado el desastre humanitario. Me temo que todo quedará en agua de borrajas. Muchos etíopes fueron detenidos en las protestas y enviados a campos de refugiados, otros se entregaron voluntariamente. De ahí, al avión.
Los etíopes que viajan con nosotros están contentos. Aplauden, se ríen, gritan, no paran de levantarse. Las azafatas van locas. Después de pasar por tanto calvario, al menos podrán celebrar en casa la Navidad o el Nacimiento del Profeta (7 y 13 de enero en nuestro calendario gregoriano).
Etiopía es uno de los países más poblados de África, 91 millones, y de los más pobres, la mayoría vive con menos de dos dólares al día. A pesar de que es uno de las economías que más crece en el continente, hay mucho paro, especialmente entre las mujeres y jóvenes. Muchos etíopes dejan su país en busca de trabajo y pasan por duras y penosas condiciones para llegar a su destino, ya lo contaba la película Sost Maazen.  Muchos (unos 50.000 al año según ACNUR) van a los países ricos de la península Arábica, cruzando el peligroso Yemen y arriesgando sus vidas en el Golfo de Adén donde naufragan montones de barcos o son abandonados demasiado lejos de la costa y mueren ahogados.
Otros migrantes de otras nacionalidades (Sudán, India, Bangladesh, Filipinas, Indonesia, Malasia, etc.) también han sido repatriados estos días.
El avión aterriza y todo el mundo se levanta. El jefe de cabina llama la atención por el micrófono pero nadie hace caso. El aeromozo se pone a pegar gritos para que se sienten. Cuando da la señal todos se abalanzan hacia la puerta. El pasillo está colapsado. Entra la policía al avión y dice que todos los que no llevan pasaporte regresen a sus asientos. De nuevo atropello para sentarse. Unas veinte mujeres salen, ellas sí llevan documento. Algunas se han quitado el chador, se han maquillado y se han peinado. Corren hacia la puerta. En medio del caos logramos salir.

Hogar, dulce hogar para todos.

Recuerdo de La Meca, algo ¿bonito? para ¿comprar? en el aeropuerto de Riad a altas horas de la madrugada
Recuerdo de La Meca, algo ¿bonito? para ¿comprar? en el aeropuerto de Riad a altas horas de la madrugada

La costa keniata

Salimos de Nairobi en dirección a la costa keniata con el tren nocturno, pura nostalgia de cuando vivíamos en la India. En teoría el trayecto dura catorce horas, pero en la taquilla, cuando vas a comprar el billete, te advierten que lo normal son entre 14 y 17. Nosotros tardamos 19, así que si tienes prisa, ve en autobús. El viaje es cómodo porque vas durmiendo, te dan ropa de cama, cena y desayuno en el restaurante. Todo muy entrañable y viejuno.  El calor tropical te despierta por la mañana y puedes disfrutar del paisaje y los niños que te saludan por todas partes.

Mombasa es quizás la ciudad  más histórica de Kenia, donde vas a encontrar un ambiente suajili puro (kiswahili safi).  Suajili deriva de la raíz árabe sahel, que significa “costa”, y también es una lengua, kiswahili.  El suajili, como otras lenguas usadas por marineros y comerciantes (malayo-indonesio) tiene palabras de origen sánscrito, portugués e inglés.

Los comerciantes griegos, persas y árabes han frecuentado esta costa desde hace algo más de un milenio. Ibn Battuta, el gran viajero magrebí, estuvo aquí en 1332. Los barcos de Vasco de Gama atracaron por primera vez en Malindi en 1548 y construyeron un fuerte en Mombasa (Fort Jesus) que terminaron en 1593. Los árabes volvieron a hacerse con el control de la ciudad a finales del siglo XVII.

La influencia de tantas culturas (árabe, persa, india…) se deja ver en la lengua, costumbres, religiones y pueblos de la costa keniata. La cultura suajili es esencialmente musulmana.

Las playas son las típicas de color azul turquesa. Los pueblos más tradicionales de la costa de Kenia son Malindi, Watamu y Lamu. Nosotros nos quedamos en las playas del sur, en Diani, a una hora en matatu-furgoneta de la estación de tren. Diani significa “el lugar donde habitan los perros” porque los europeos que habitaban aquí solían tener perros. Puedes bucear a 30 minutos nadando o 10 minutos en barca.

Un safari en bicicleta: Hell’s Gate National Park, Kenia

La Puerta del Infierno (Hell’s Gate National Park) no hace honor a su nombre porque esto es un paraíso, una experiencia única en Kenia: un parque natural que puedes recorrer en bici o caminando. Nosotros nos decantamos por la bicicleta (16 km. ida y vuelta desde la puerta hasta la garganta) y las alquilamos en la misma entrada (Elsa Gate), aunque la calidad no es muy buena. Hay puestos con mejores bicicletas y un poco más baratas a unos kilómetros de la entrada del parque, pero vamos con niños y hay que salvar energía.

El paisaje se compone de riscos, columnas de basalto (Fischer’s Tower y Central Tower) y la Garganta del Infierno (Hell’s Gate Gorge). Se puede escalar en Fischer’s tower. Te cruzas todo el camino con búfalos, jabalíes, cebras, Eland o alces de El Cabo (taurotragus oryx), ñus, gacelas Thomson y babuinos. Las hienas son más difíciles de ver. Hay más de cien especies de pájaros en el parque, entre ellas el poco común buitre barbudo (lammergeyer), el águila negra africana (verraux) y el busardo augur oriental o ratonero augur.

En el parque también hay una comunidad Masai, que además del ganado, se dedica  a la venta de artesanías. Algunos masais trabajan como guías en la garganta.

Dentro del parque natural hay una central geotérmica, Olkaria. Se hizo para que produjera la mitad de la energía que necesita Kenia, pero todavía no está en su máxima explotación. El agua se encuentra dentro de la tierra a unos 300ºC, una de las temperaturas más altas del planeta. Dicen que el impacto ecológico de la central no es muy grande pero, cuanto menos, resulta chocante.

El lago Naivasha, Kenia

En este lago, a unos 100 km. de Nairobi, se establecieron los ingleses a finales del siglo XIX (el lago fue “descubierto” por Joseph Thompson en 1884) y hoy alberga una de las comunidades más grandes de expatriados en Kenia. Muchos de ellos se dedican al negocio de la floricultura.

Las aguas frescas del lago son el hogar de una increíble variedad de pájaros (más de 400 especies diferentes) incluyendo el pigargo vocinglero (Haliaeetus vocifer) o águila pescadora africana, que tuvimos la suerte de ver y escuchar (tiene una llamada muy particular, de ahí su nombre latino vocifer).

El pescado es muy abundante en el lago aunque la introducción de algunas especies invasivas como la carpa común en 2001 ha tenido un profundo impacto ecológico.

Entre las “islas” de papiros y jacintos de agua, se ve un grupo bastante numeroso de hipopótamos.

La barquita se toma desde Fisherman’s Camp y puede llevarte hasta la Isla Creciente (Crescent Island), periferia del cráter de un volcán. Desde la barca se ven jirafas, cebras y varios tipos de antílopes que se acercan a la orilla del lago para beber. Estos animales se trajeron a la isla para el rodaje de la película Memorias de África y siguen ahí desde entonces.

El paisaje es bellísimo y  un poco tétrico al atardecer por el sonido que emiten los cientos de pájaros posados sobre las ramas ennegrecidas y secas dentro del lago.

De Denia a Kenia: el safari

Llegamos a Nairobi con la idea de visitar Masai Mara, el parque más famoso de Kenia y uno de los mejores del mundo (1510 km2). Siempre he asociado el safari, palabra de origen árabe y suajili que significa “viaje”, a las películas de Tarzán que veía los sábados por la tarde en casa de mi abuela. Las expediciones de “los malos” que venían a África para cazar a los famosos cinco grandes (“Big 5”): león, leopardo o guepardo, elefante, rinoceronte y búfalo. Afortunadamente  en Kenia han prohibido la caza y ahora el objetivo de los wazungus-blancos (viator album) es atrapar con su cámara a esos mismos mamíferos de la sabana.

El safari también lo tenía como un viaje caro. Es verdad que la entrada a los parques naturales de Kenia es bastante costosa, pero el alojamiento con comida incluida puede ser modalidad 5 estrellas (600 USD por persona y día) o tienda de campaña (menos de 60 USD por persona y día). Ambos te ofrecen, con más o menos lujo, la imagen que los wazungus tenemos de Memorias de África: la cama con mosquitera, la ducha en medio de la selva, etc. Falta Robert Redford y el mono que pone el tocadiscos.

Con respecto al safari en sí (game drives), ver bichos, todo depende del guía que tengas, de lo poco o mucho que disfrute de su profesión (no va en proporción a lo que pagas) y lo que sepa sobre fauna y flora africana. Es cuestión de suerte, a nosotros nos fue bien con George Milambo. También puedes organizar el viaje por tu cuenta alquilando un coche y llevando tu propia tienda de campaña. El mejor momento del día para ver animales es al atardecer o al amanecer (durante las horas de sol los “protagonistas” descansan).

Dentro del Masai Mara hay varios paisajes: el típico de la sabana, la gran llanura herbácea decorada con algunas acacias, donde campan a sus anchas manadas de ñus, cebras, elefantes, y varios tipos de antílopes (eland común, impalas, topis, etc.), alguna jirafa solitaria, avestruces y los leones al acecho. Impresionante ver a las leonas cazando o devorando una presa o un chacal o unas hienas compartiendo con los buitres la carcasa de un búfalo o un antílope.

Otro paisaje es el del río Mara, con los cocodrilos y los hipopótamos que conviven en el mismo espacio como si nada (la naturaleza es sabia).  Dicen que ver la migración de los ñus y cebras desde el Serengeti (Tanzania) en julio-agosto o el retorno en octubre es espectacular. Hay otra zona del parque donde predominan los arbustos y es más agreste.

Entre las puertas Oloolaimutiek y Sekenani hay un pueblo masai (enkang) que puedes visitar previo pago (suelen pedir mil shillings por persona). Por supuesto, que no eres el primer ni el último en hacerlo, es una experiencia turística-cultural, que personalmente he disfrutado. Los masais te reciben con varias danzas, una de ellas consiste en pegar botes. Si saltas muy alto no es necesario que pagues en vacas la dote a la familia de tu mujer o que entregues a tu hermana a tus suegros para que se case con tu cuñado, te sale gratis.

Los masais son un pueblo guerrero y ganadero que parece que ama a sus vacas más que a nada en este mundo, les luce contar sus cabezas de ganado aunque no tengan efectivo o dinero en el banco. Sus reses pastan en el mismo lugar que los “bueyes” salvajes, los búfalos y los antílopes eland. Más de un pastor se enfrenta de vez en cuando a un león hambriento y a los que pueden contarlo les gusta enseñar las cicatrices que quedaron del encuentro.

Nos invitan a pasar a su casa, que construyen cada nueve o diez años las mujeres y que me recuerda a las que ya he visto en Etiopía, hechas de adobe y boñigas porque su olor repele a las serpientes. Nos hablan de lo que comen, principalmente carne de vaca, leche y  sangre, que extraen de la yugular del animal vivo, aunque muchos han adaptado su dieta y comen principalmente ugali (masa o gachas de maíz) con carne, pescado o verduras, comida típica del este de África. Nos enseñan cómo hacen fuego con dos palos.

La vida de algunos masais a principios del siglo XXI es semi-nómada, muchos se dedican al pastoreo y caminan largas distancias en busca de pastos. Hay quien sigue practicando los ritos tradicionales (circuncisión, ablación, enfrentarse al león como paso a la edad adulta, etc.), otros se dedican a la agricultura, la venta de artesanía y al turismo. Muchos estudian inglés y suajili en la escuela y desarrollan todo tipo de oficios en la ciudad.

Lo mejor de nuestra experiencia con los masais ha sido el show de magia, cuatro o cinco de sus trucos con la cuerda y el pañuelo, que Luis-Mago Un Lío les ha ofrecido (formaba parte de su negociación en el pago de la entrada). Alguno pensaba que iba a hacer desaparecer el dinero que tenía y no hacía más que tocarse los bolsillos 🙂