Las casas de Harar, Etiopía

Harar me ha parecido uno de los lugares más fascinantes de los que he visitado hasta ahora en Etiopía. Una novela etnográfica, Sweetness in the belly, de la escritora canadiense Camilla Gibb, me ha ayudado a adentrarme en sus casas y disfrutar, todavía más si cabe, cada rincón de esta hermosa ciudad.

No sé cuántos turistas recibirá Harar al cabo del año, pero los habitantes no han mermado su curiosidad y siguen saludándote como si fueras el primero que ven, farangi, farango, faranjo… oyes en cada esquina.

Las casas tradicionales tienen en su interior un estilo propio. Suelen ser construcciones de dos pisos en piedra y con un patio típico de la arquitectura árabe costera (Mombasa, Stone Town, etc.). Los marcos de las puertas y ventanas están talladas con delicadas filigranas. Los muros exteriores se pintan de vivos colores mientras que en el interior las paredes se encalan. La estancia principal tiene varias plataformas a distintos niveles que se pintan con tierra ocre o roja y se cubren con alfombras confeccionadas a mano y cojines de vivos colores. Las paredes se decoran con la vajilla, jofainas de porcelana y los utensilios de cocina. Destacan especialmente los cestos que tejen las mujeres con paja y que rematan con cuero y adornan con conchas. Las hay de varias formas según su utilidad. Algunas son grandes y planas para servir la enyera, otras tienen tapa para guardar joyas, pañuelos o incienso. También decoran jícamas (kuloe) para almacenar el agua mientras mascan chat.

 

Una de las cosas que más llaman la atención es el colorido de la ropa que llevan las mujeres en Harar, en su mayoría musulmanas de la etnia oromo, una especie de sari que contrasta con los vestidos blancos tradicionales de los amaras y tigrés de otras zonas de Etiopía. En la calle conocida como makina guirguir  (ruido de máquinas), cerca del mercado central, hay un montón de sastres confeccionando estos vestidos. Las mujeres se ponen para las bodas un vestido rojo más voluminoso y bordado en seda dorada por el pecho y un velo fucsia que no desentona con el rojo.

Anuncios

Harar, ciudad amurallada de Etiopía

A Harar,  ciudad fortificada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se llega desde Dire Dawa (55 km.) por una carretera llena de curvas donde te cruzas con montones de burros y alguna que otra caravana de camellos y no dejas de divisar un hermoso paisaje sobre la pendiente del valle del Rift, con muchas casas de adobe y alguna de piedra, techadas con uralita. Pasas por los lagos Adele y Alemaya y contemplas las fértiles tierras donde se cultiva uno de los mejores granos de café del mundo, el harar, y donde, según el explorador Richard F. Burton, el primer europeo que estuvo por aquí, empezó a cultivarse por primera vez el chat, allá por el siglo XV.

Los restos de las pinturas rupestres en las cuevas de Lega Oda, muy cerca de Harar, constatan que esta zona ha estado habitada desde hace unos veinte mil años. Harar floreció en el siglo XVI en tiempos del emir Abu Baker Mohamed, que trasladó su capital desde Dakar y gobernó desde aquí toda la zona (este de Etiopía, sur de Eritrea, Yibuti y oeste de Somalia actuales). Harar se convirtió al islam en tiempos del profeta Mohammed y todavía hoy es considerada una ciudad sagrada, según los guías locales la cuarta después de La Meca, Medina y Jerusalén (aunque lo mismo dicen en Damasco).

El líder fanático Ahmed Ibn Ibrahim, apodado “El Zurdo” (Al Grañ), mandó asesinar al emir Abu Baker Mohamed e hizo de Harar su base para lanzar la guerra santa contra el imperio cristiano. Una época hostil donde se quemaron iglesias, monasterios y bibliotecas y muchos cristianos fueron forzados a convertirse al islam. El emperador Lebna Dengel (1508 – 1540) y su hijo Galawdewos (1540 – 1559) pidieron ayuda a los portugueses que mandaron un ejército liderado por Cristóbal de Gama, el hijo de Vasco de Gama. Al Grañ fue asesinado y su sucesor, Nur Ibn Al-Wazir Mujahid,  amuralló la ciudad (1560) para protegerse de la invasión de los cristianos del norte, los oromo y otros pueblos.  Harar estableció su propia dinastía, fue ocupada por Egipto desde 1875 a 1884 y volvió a ser un emirato independiente con el emir Abdulahí. En 1887 Menelik II convirtió Harar en parte de la corona etíope. Hoy cristianos y musulmanes (75 % de la población) conviven en paz.

Harar está lejos del mar pero tiene un aire de las ciudades costeras, como Stone Town en Zanzíbar o Mombasa en Kenia. Por las calles de Harar paseaba Corto Maltés, el marinero de Pratt, cuando Etiopía era todavía Abisinia y se la disputaban turcos, ingleses, italianos y alemanes,  durante la I Guerra Mundial.  En las ilustraciones de Las etiópicas aparece también el escritor francés Rimbaud, que en su estancia en Harar no fue muy feliz. Entonces no escribía poemas, solo algunas cartas desgarradoras (1880 – 1891), hacía fotografías y vendía armas, negociaba, e incluso, traficaba con personas.

La ciudad fuera de la muralla no tiene nada de especial, las calles son anchas y tienen edificios “de cristal” que tanto gustan a los etíopes modernos. La avenida principal te lleva a la plaza Feres Magala donde se encuentra la iglesia ortodoxa Medhane Alem (Salvador del Mundo), construida en tiempos del emperador Menelik en el lugar que ocupaba la antigua mezquita de los egipcios. La ciudad de intramuros es un laberinto de callejuelas empedradas con casas pintadas de los más llamativos colores, 99 mezquitas (dos de ellas levantadas en el siglo X) y cientos de minaretes y santuarios. A ella se accede por seis puertas (bari en lengua harari), cinco originales del siglo XVI (Showa o Asmatim Beri, donde se ubica el mercado cristiano; Buda o Bedri Bari, que da entrada al barrio de los herreros y significa “mal de ojo” en oromiña; Sanga o Sukutat Beri; Erer o Argu Beri, donde se ubica el mercado del chat de los oromo y por donde entraban los comerciantes de la región etíope de Argobb, y Fallana o Assum Beri, donde llegaban los mercaderes del Golfo de Adén a vender asu, pimientos sazonados) y Harar Beri, que abrió Ras Makonnen, el padre de Tafari Makonnen (Haile Salassie I), que fue el primer gobernador de la ciudad. Por ellas entraban las caravanas venidas de todas partes trayendo oro, marfil, tabaco, mijo, café, azafrán, miel y otros productos para vender así como esclavos.

Las tumbas de los santos sufíes son, en mi opinión, los edificios más bellos, precisamente por su sencillez, entre las más de cien tumbas destacan la del emir Nur, que tiene una preciosa cúpula pintada de color verde turquesa y un espacio para compartir el chat; la de Said Ali Hamdogn, un santo sufí del siglo XII y la del jeque Abadir, uno de los predicadores del islam más importantes de la región. Estos santuarios reciben visitantes de todas partes buscando soluciones para sus problemas y enfermedades. Traen alfombras y madera de sándalo como regalos. Las tumbas son centros de peregrinaje para aquellos que no pueden pagar un viaje a La Meca. Así llegaron Lili, la protagonista de la novela Sweetness in the belli de Camilla Gibb, y su compañero Hussein desde Marruecos.

Las dos casas más llamativas de la ciudad son la de Ras Tafari, donde el emperador pasó su luna de miel, ahora convertida en museo, y la que dicen que vivió Rimbaud, construida por un mercader indio, con tres plantas, las dos superiores con suelo de madera, y una fachada con amplias ventanas con vidrieras de colores.

La noche cae en Harar después de la última llamada a la oración, es la hora de las hienas. Al amanecer, cuando el sol aparece por el este en las aguas del Mar Rojo de Arabia, ellas regresan a sus cuevas. Dicen que en Harar hay un pacto entre hombres y hienas desde hace más de un siglo, ellos las alimentan y ellas nos los atacan. Los hararis las invitan a pasar a su ciudad, de hecho construyeron puertas para ellas. Hoy es un espectáculo para los turistas verlas alimentar. Insh’Alha

Hombre y hiena, Harar. Foto: eaTropía
Hombre y hiena, Harar. Foto: eaTropía

“Sweetness in the belly”, novela de Camilla Gibb

Lili es la protagonista de la novela Sweetness in the belly, Mariposas en el estómago (el libro no está traducido al español), hija de unos hippies, que se queda huérfana en Marruecos y se cría con un maestro sufí en el santuario dedicado al primer almuecín del islam, el abisinio Bilal al Habash. Llega como peregrina a la ciudad amurallada de Harar, en el norte de Etiopía, en un coche que le pone el emperador Haile Selassie, amigo de su tutor Muhammed Bruce Mahmoud, un inglés converso al islam. A pesar de que lleva una vida dura y austera es muy  feliz enseñando a los niños a recitar el Corán y enamorándose de Aziz, un médico idealista de origen sudanés.

El libro tiene mucho de etnografía (la escritora estudió antropología e hizo su doctorado en Oxford tras unos años de investigación en Etiopía), es un texto que muestra la interculturalidad de manera explícita, presenta al Otro, dándole a conocer y permitiendo que el lector se familiarice con él. Un texto literario que ocupa ese tercer espacio donde, según  Ana Gonçalves Matos [1], se deconstruyen las nociones de “identidad”, “diferencia” y “cultura”. Desvela la vida íntima de las mujeres musulmanas hararíes, sus ritos y costumbres. Habla de la ablación, del mal de ojo (buda), de la cuarentena después del parto (ulma), del entierro de la placenta, de malos espíritus (p. 330), etc. Se aleja de los estereotipos orientalistas del explorador Richard Burton sobre el islam (p.170) y presenta el camino sufí como consensuado, reconciliador, un apoyo incondicional en su vida.

La narrativa alterna periodos en Etiopía durante esos años dramáticos tras el asesinato del Emperador en 1974 y los que ella pasa en su “exilio” londinense, trabajando como enfermera y tratando de ubicar y ayudar a los refugiados etíopes que llegan huyendo del Terror Rojo del dictador Mengistu, lejos de “su familia” (de sus mujeres adoptivas) y todos aquellos a quienes ama. Yusuf, el marido de su amiga y compañera de piso, Amira, describe la Etiopía de esos años como un infierno: guerra, persecución, genocidio, dictadura, tortura y hambrunas.

Es una historia de amor y de amistad, de encuentros y de pérdidas y una reflexión sobre el sentido de pertenecer a un lugar. Lili es una mujer sin hogar, sin país y sin familia. Es una farenyi o extranjera en Harar, pero más devota del islam que ninguno de sus vecinos. En Inglaterra es “una mujer blanca con una lengua semítica y un acento peculiar”  (p. 15). Aziz es un negro entre los hararíes, que solo miran hacia el Este, no a África.  Yusuf no encuentra cómo superar su trauma en una ciudad de cemento y moho. Amira lleva a sus hijos al zoo del parque Regent para mostrarles los lagartos y las jirafas, mientras que otros refugiados sueñan con montañas, hienas y ríos (p. 29) y acumulan pequeños electródomésticos que no sacan de sus cajas para poder disfrutarlos algún día en su regreso a Etiopía, “flotan en el mito del retorno” (p.30).

“Recuerdo sentirme como una galla (= oromo) cuando llegué, incivilizada en las formas del lugar; como una falasha, una exiliada, una sin tierra, pisando suelo extraño, andando de puntillas para no dejar huella” ( p. 191)

“Nómadas, solía llamarnos mi padre, aunque nuestra migración no estaba justificada por ningún cambio de estación. Yo nací en Yugoslavia, me dieron pecho en Ucrania, empecé a tomar sólidos en Córcega, me quitaron los pañales en Sicilia y empecé a caminar cuando llegamos al Algarve. Cuando me encontraba cómoda hablando francés nos fuimos a España. Cuando conseguía tener una nueva mejor amiga, el mundo estaba lleno de extraños otra vez. Hasta llegar a África la vida era una serie de conversaciones inacabadas, apegos rotos en el momento que empezaban.

Había un lema familiar: “Echas raíces en un sitio y empiezan a crecer.”

Lili le preguntaba si era tan malo echar raíces “Es que hace el paso entre lugares más doloroso. Es todo sobre el viaje. No quieres estropear el viaje echando de menos lo que dejas y preocupándote por dónde vas a ir” (p. 9-10).

Por aquí andamos, echando raíces…

 Sweetness in the Belly by Camilla Gibb, 2005. Penguin Books

 

[1] Gonçalves Matos (2012). Literary Texts and Intercultural Learning. Exploring New Directions, Intercultural Studies and Foreign Language Learning, 9. Oxford: Peter Lang. Págs. 18-20.